11/26/2008 05:44:00 p. m.

Había apostado que desaparecerías y yo seguiría aquí, de pie, pero he conseguido marcharme antes. El tren traquetea sospechosamente para ser tan nuevo, pero quizá son las vías, el tiempo, mi ansiedad... Han sido tantas experiencias que ahora me evitan el dormir. No quería pensar en si era lo correcto, en si debía quedarme o si ya debería haber huido hace ya mucho tiempo, a la primera oportunidad.

Lo cierto es que sé que me seguirás allí dónde vaya, como un imán del que no puedo separarme, en el que no puedo dejar de pensar ni cuando creo que ya no existes. Me da igual porque creo que hay esperanza, que hay un futuro, y podría llamarte y contártelo, explicarte que he hablado con alguien que sabe qué significa todo esto, todo este olvido, toda esta incomprensión y pérdida, pero no sé si las llamadas siguen teniendo sentido en nuestro mundo.

Mientras tanto, durante días, creí que habías desaparecido, con tus planes nuevos y tus viajes lejanos, pero siempre consigues volver y hacer que el tren se pare en todas las estaciones aunque sea directo. Y cambias de rumbo y yo contigo, atada, sin control, sin importarme, porque sé que es tu carácter. Cuando lo pienso y te ignoro, pienso en quién se ha ido, en quién se ha perdido y al que no volveré a ver aunque el plan era que estuviera aquí en un mes.

Entonces, sólo entonces, tengo tanto miedo de perderte a ti también que me bajo del tren y te llamo para saber donde estás, si quieres acompañarme o si más bien yo he de seguirte. Y todo el avance que había conseguido huyendo lo pierdo en un momento. Nuestro tira y afloja de siempre.

11/19/2008 06:00:00 p. m.


No volvería por nada del mundo cuatro años atrás, excepto por esto.
Les echo tanto de menos. A ver si, avanzando, avanzan ellos también.
Aquella noche genial no tendrá nada que ver con la de hoy.

11/10/2008 11:06:00 p. m.

No quiso creer en lo que había perdido. Apagó el despertador que no paraba de retumbar junto a su cabeza, que había provocado que odiara ya el Para Elisa de Beethoven. Ya no era música, se reducía a un sonido estridente que hacia que un nuevo sábado volviera a comenzar, poco trascendente, poco llamativo bajo las nubes plomizas del otoño.

Lentamente, pensando cada uno de sus movimientos, se fue vistiendo: los vaqueros un tanto desaliñados, que se le caían debido a su extrema delgadez y a que no estaba de moda llevar la talla correcta; la camiseta de rayas, rayas horizontales, azules y negras; y otra camiseta de manga corta por encima, quién sabe si para resguardar de los cinco grados ambiente el pecho o el estómago; la chaqueta morada y el ya imprescindible pañuelo palestino a juego con quién sabe qué... A veces, cuando lo miraba, se preguntaba si tenía algún sentido oculto el llevarlo, esa moda extraña que se había extendido y que la mayoría de la gente no sabía siquiera de dónde provenía.

Metió los pies, embutidos en unos calcetines de tablero de ajedrez, en unos playeros nuevos, de marca, de esos de casi 100 euros el par que hoy en día cualquiera puede permitirse, a pesar de la crisis y el anticapitalismo y todas esas paranoias que oía de fondo por la radio, mientras su madre le llevaba en coche.

Bajó arrastrando los pies hasta la cocina, donde tenía el típico desayuno del sábado por la mañana: con las prisas por preparar a su hermana, por vestirla, peinarla, asearla, dos tostadas un tanto quemadas esperaban sobre la mesa. Al lado, lo que se suponía un envase de zumo vacío. Se dispuso a rascar el quemado de las tostadas mientras untaba de mermelada de fresa ambos trozos secos de pan, sintiendo la mirada desaprobatoria de su madre sobre su pelo, único motivo general de discusión en la casa.

Tras el ritual casi satánico del desayuno, se obligó a sí mismo a adecentarse el pelo: algún día tendría que cortarse el flequillo para que la gente supiera que tenía los ojos marrones y no de alienigena: completamente negros y sin distinción entre pupila e iris. Tras tres pitidos de su madre y aún arrastrando los pies, se zambullió en el asiento trasero del destartalado Citroën Xsara. Su hermana ya se había quedado totalmente dormida en su silla antes de que el coche empezara a moverse.

Cuando el coche paró ante el edificio blanco y él se apeó con una funda en la que se atisbaba un violín, su andar cambió, su pelo y su ropa dejaron de importar a cualquiera que le veía y es que, allí dentro, eran todos únicos, inigualables, completamente extraños, diferentes y desconcertantes quizá, pero con un brillo especial en los ojos cubiertos por el flequillo.

˜black is the colour

of my true loves hair
his lips are like some roses fair
he has the sweetest smile
and the gentlest hands

I love the ground where on he stands
I love my love and well he knows
I love the ground where on he goes
how I whish that day would soon come
when he and I can be as one

I go to the Clyde and I mourn and weep
for satisfied I never sleep
I write him letters just a few short lines
and I suffer death ten thousand times

black is the colour of my true loves hair
his lips are live some roses fair
he has the sweetest smile and the gentlest hands
and i love the ground whereon he stands
i love the ground whereon he stands
I love I love I love the ground whereon he stands ˜

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